Algunas de las prácticas sonoras más antiguas que conocemos aparecen vinculadas a la caza, el rito y la muerte.
En distintas sociedades cazadoras el animal no se convertía inmediatamente en alimento sin que su muerte exigiera una acción posterior.
Había que agradecerle, pedirle perdón, tratar ritualmente sus restos y cantar para garantizar que los animales regresaran.
Porque matar produce una deuda.
El cazador preserva su propia vida mediante la muerte de otro.
Para que la comunidad continúe existiendo, algo debe morir.
El rito se hace cargo de esa contradicción, permite integrar la muerte dentro de un orden de sentido.
Si después de matarlo se canta para el animal, significa que la relación con él sobrevive a su muerte.
No se pide perdón a lo inerte.
La situación resulta todavía más extraña cuando observamos el proceso completo de la caza.
Para encontrar al animal, el cazador debe conocerlo íntimamente; por eso sigue sus huellas, imita sus movimientos, se viste con sus mismas pieles y reproduce su voz.
El hombre imita la voz del animal.
El animal se acerca.
El hombre lo mata.
Y después vuelve a cantar.
La música aparece en los dos extremos de la violencia.
Primero sirve para aproximar a la víctima. Después intenta reparar simbólicamente la relación que la muerte acaba de romper.
Esta podría ser una de las genealogías más antiguas de la música.
El consuelo de cantar frente a aquello que ya no podemos deshacer.
Ningún canto devuelve la vida. Pero puede impedir que la muerte quede reducida a un hecho insignificante.
La cultura aparece cuando esa muerte reclama una respuesta.