La música ha sido siempre cómplice de la violencia. No me refiero a lo meramente simbólico, sino a una cuestión material. La música encarna, prolonga y celebra la violencia. Pensar que la música solamente ‘cura’ es una ilusión piadosa del espíritu moderno; el sonido también mata.
Desde los orígenes, la civilización utilizó el sonido para coordinar y estructurar la violencia. Todo poder tiene su propia coreografía. El tambor militar que somete el cuerpo, la sirena policial que restablece el orden, el himno patriótico que hace de la muerte un acto heroico… toda música ejerce poder y todo poder organiza los ruidos y silencios de su comunidad.
Quien dicta qué suena y qué debe ser silenciado define mucho más que una libertad estética. Todo espectro acústico de lo reprimido necesita ser acallado para sostener la armonía aparente. El ruido —ese resto inasimilable— es la memoria de lo excluido. En los ritos antiguos, aturdía para abrir la puerta del sacrificio; en los templos del consumo, anestesia para sostener el sueño del mercado. Cambian las melodías, pero la función persiste. Se trata de gobernar los afectos.
Hablar de la materialidad sonora es asumir que el sonido es cuerpo, vibración que nos toca, que ordena tanto como desordena. Escuchar es exponerse a ser herido por la materia del mundo. Por eso toda escucha es peligrosa, puede subvertir el poder que regula el oído colectivo, y puede también revelar la violencia oculta tras la armonía.
La música no es necesariamente pacífica. Donde hay sonido, hay combate. Escuchar es un acto de resistencia ante el silencio administrado de la historia.
La música —más que consuelo— es la herida misma que aún resuena en la carne del mundo.