En el libro Historia subversiva de la música, Ted Gioia plantea que la música fue a lo largo de la historia un espacio de resonancia simbólica, de construcción de sentido, de comunión y de conflicto.
La escucha no formaba parte de un simple hábito cultural, sino que era una experiencia que inscribía al oyente dentro de una cosmovisión que incluía un entramado de valores y ciertas estructuras afectivas.
No se trataba sólo de placer, sino de una forma de conocimiento.
Con la irrupción de la grabación fonográfica y la posterior la industria musical, la relación entre obra y escucha comenzó a modificarse radicalmente.
Benjamin ya había advertido que la reproductibilidad técnica afectaba no sólo al estatuto ontológico de la obra (su ‘aura’), sino también al modo de recepción.
Lo que se reproduce infinitamente pierde su valor ritual y se vuelve objeto de consumo.
En la segunda mitad del siglo XX, con la consolidación de las discográficas, las radios, la televisión musical, y luego el streaming, la escucha dejó de ser un rito simbólico y se transformó en un acto mercantil y serializable.
De sujeto a perfil:
El paso siguiente fue el salto al entorno digital, donde el oyente ya no es un sujeto con historia, memoria y afectividad propia, sino un perfil analizado algorítmicamente. Spotify, YouTube Music y todas esas plataformas programadas por el mismísimo demonio no ofrecen obras, sino flujos personalizados: playlists automatizadas, recomendaciones predictivas, ‘descubrimientos semanales’, etc.
La consecuencia es que la música ya no interpela al oyente sino que lo modela.
No elegimos la que queremos oír; nos es servido por una inteligencia artificial que sabe nuestras preferencias y nos mantiene en la zona confortable de un deseo inocuo.
Esto no sólo transforma la estética (la obra ya no tiene forma, tiene duración; tampoco concluye sino que se enlaza con otra), también redefine la subjetividad: el oyente ha sido reemplazado por un consumidor que no escucha, devora música.